Al
fin llamaron a la puerta, me miré una vez más al espejo y fui a abrir la puerta
y ahí estaba el, con una camisa y unos vaqueros. Entró y le llevé al salón, los
dos nos sentamos en el sofá.
-¿Quieres
tomar algo?
-No,
gracias.
Nos
quedamos en un silencio incómodo, el me miraba y yo miraba al suelo. Hasta que
la presión pudo conmigo y rompí aquel silencio.
-Bueno…
¿qué tienes que contarme?
-Ah,
sí. Tengo que volver a Bilbao.
-¿Qué?
¿Por qué? Si acabas de llegar.
-Déjame
hablar y escúchame.
Me
tranquilicé y le escuché.
-Lo
que te voy a contar ahora, no lo sabe nadie y espero que continúe así
Mónica…sólo quiero que lo sepas tu.
A
ver, mi abuelo, fue militar del ejército. Él vivía en Bilbao, fue a la guerra y
buscaba a los terroristas y los detenía y los encarcelaba. Más o menos lo que
viene siendo el trabajo de un militar ¿no?
Asentí.
-El
detuvo a unos cuantos terroristas y ya sabes como son esas personas…los
terroristas iban a por mi abuelo o familia de él para matarle, entonces, mi
abuelo tuvo que ir a vivir a Madrid. Desde entonces, los terroristas vigilan a
ver quién entra en Bilbao. Los primeros años viví bien, pero los terroristas,
pasados cuatro años, descubrieron que yo era nieto de Rodrigo Baeste, mi
abuelo. Lo pasé muy mal los otros cinco años que estuve allí, siempre iba con
guardaespaldas y recibía cartas de amenazas a muerte. Estuve cinco años así,
intentando acabar los estudios que al final los terminé.
-¿Y
por qué tienes que volver?
-Por
mi madre, está enferma.
-Pero
si vuelves a Bilbao, ¿te perseguirán?
-Sí.
-¿Y
tu madre?
-Mi
madre está divorciada con lo cual ya no es familia de mi padre.
-Pero
no puedes ir, si vas te matarán.
-Tendré
que arriesgarme.
-No
vayas por favor.
-¿Porqué?
-Joder,
pues porque te van a matar.
-¿Y?
-Como
que ¿y?, tu eres tonto, no quiero que te maten.
-¿Porqué?
Ya
sabía lo que él quería que le dijera, así que dejé de callarme.
-Porque
te quiero.
-Y
yo a ti –sonrió –es que somos imbéciles enserio, no sé cómo pero siempre tiene
que pasar algo para que impida que estemos juntos.
-Lo
sé. Entonces…ahora ¿qué pasará?
-Mejor
dejemos así las cosas, yo me voy en tres días.
-¿Cuándo
volverás?
-Mónica…será
mejor que me olvides por lo que pueda llegar a pasar.
-No,
eso no, quiero saber de ti, lo que te pase a ti y a tu madre.
-Será
peligroso.
-Como
tú bien has dicho, habrá que arriesgarse.
Esos
tres días pasaron y vi como cogía el coche con destino a Bilbao y a su propia
muerte.
Prometí
que le escribiría y eso hice, una carta cada semana.
Pasada
la semana, me senté en el escritorio, cogí un papel y comencé a escribir
palabras que cada una de ellas me rompía el corazón.
Querido Hugo:
No paro de pensar en ti. Todo,
absolutamente todo, me recuerda a ti, cada momento convertido en un simple
recuerdo inolvidable.
Te echo de menos, debería haber
aprovechado el tiempo contigo, pero eso ya es demasiado tarde.
Cuéntame que tal allí, ¿cómo está
tu madre? ¿Cuándo volverás?
Te quiere,
Mónica.
El
tiempo pasaba y no recibí ninguna carta de él, pasaba todos los días pensando
en él y todas las noches soñando con él, él era el único pensamiento que tenía.
Pasaron
dos meses y yo le seguí escribiendo, pero no tenía contestación alguna. Hasta
que al quinto mes, recibí una carta suya.
Querida Mónica:
Siento la tardanza, ya sabes que
esto es muy peligroso y menos mal que no has llamado porque los teléfonos están
pinchados y habrían ido a por ti. Mónica, no llames nunca, no me vuelvas a
escribir, yo te mandaré noticias mías. De momento estoy con guardaespaldas y
recibí una amenaza hace cuatro días. Mi madre sigue bastante mal.
Recuerda que te quiero más que a
nada.
Con cariño,
Hugo.
Cuando
leí la carta, por una parte me sentí aliviada y por otra nerviosa e impaciente,
llena de miedo, de temor por perderle.
Nunca
le llamé, nunca le escribí y nunca le contesté a todas las cartas que me
escribió durante dos años.
Siempre
me decía que estaba bien, que tenía una buena seguridad y que no me preocupara,
que siempre se acordaba de mí y que me quería.
Todas
las cartas las guardé en la caja metálica que tenía desde los 14 años y estaba
llena de Hugo.
Al
mes no recibí nada y me pareció muy extraño, aunque decidí no preocuparme y a
la semana de ese mes me llegó una carta de él, se me iluminó la cara. Grité de
emoción, sonreí, subí corriendo a la cama, me tumbé y comencé a leer.
Quería Mónica:
Esta carta la escribí el primer día
que llegué aquí, pedí a mi madre que si pasaba te la mandara porque si tú estás
leyendo esto ahora, significa que ya no estoy aquí, que me han encontrado,
significa que no volveré contigo a tu lado, nunca más.
Lo siento Mónica, sé que podríamos
haber sido muy felices pero es algo que no va a ser porque en menos de un
segundo todo ha acabado.
Te quiero muchísimo, lo único que
quiero es que seas feliz.
Te quiero,
Hugo.
Me
quedé paralizada, leyendo una y otra vez la carta analizando cada palabra que
él había escrito incapaz de creer que como él escribió “en menos de un segundo
todo ha acabado”…
El
murió y una parte de mí también falleció junto a él. Mi mente se disperso mi
corazón dejó de latir con tanta fuerza y mi alma se rompió de manera que ya no
sentía nada.
Estuve
más o menos dos meses sin salir de casa, dejando que el contestador saltara
cuando mi madre y Mateo llamaban.
Cerrándole
la puerta de mi vida para impedir que entraran porque si entraban, sentirían el
dolor que yo sentía y eso no quería que pasara.
Me
costó dos meses más el salir de casa.
Mateo
estuvo siempre conmigo, ayudándome, escuchándome, no sé como lo hacía pero me
ayudó a asumir la muerte de Hugo llevándome de vacaciones a Ibiza a “buscar el
amor”.
En
cuanto llegamos al hotel y nos dieron las llaves de las habitaciones, instalé
mi ropa en el armario para tres meses y vi un poco la televisión para
descansar, pero mi cansancio me venció y caí en un sueño del que Mateo me
despertó a las diez de la noche llamando a puerta.
Me
levanté con el pelo alborotado y las legañas en los ojos, abrí la puerta.
-¡Mónica!
-¿Qué
pasa?
-Pues
que te prepares que nos vamos.
-¿Adónde?
-A
una fiesta en la playa.
-Pero
si acabamos de llegar, estoy reventada.
-¡Qué
más da! Correr vístete, te espero abajo.
-Vale
vale.
Me
duché para despertarme, me vestí y me arreglé.
Pasada
una hora bajé a recepción y ahí estaba Mateo, esperándome impaciente.
-Ya
era hora.
-Bueno
eh que me acabo de despertar, encima de que estoy reventada.
-Ahora
te animaras, vamos.
Fuimos
caminando hacia la playa, había muchísima gente, toda la playa llena. Cada
persona con su bebida emborrachándose, bailando, gritando, haciendo el imbécil
y para los que ya habían encontrado su amor de una noche, apartados de todo el
mundo para tener un poco de intimidad.
Creí
que había olvidado del todo a Hugo, pero no sé porque, al llegar allí, le volví
a recordar y me vine abajo. Me senté en la arena y Mateo trajo dos bebidas,
cogí el vaso y lo dejé en la orilla.
-¿Qué
te pasa?
-Nada.
-Mónica…por
favor no vuelvas a caer.
-Y
si vuelvo a caer que pasa.
-Que
estarás mal y no quiero verte mal y sabes que él tampoco.
-No
puedo evitarlo. Que tu ya le hayas olvidados no es mi problemas –grité.
Me
miró con los ojos llorosos.
-Mónica…él
era y será como un hermano para mí, yo nunca podré olvidarle.
-Vale,
y él era el amor de mi vida.
-¿Estás
intentando competir con lo que yo siento?
-Es
posible.
-Me
parece increíble Mónica lo que estás diciendo.
-Muy
bien, tú no sabes todo lo que he llorado por él.
-Tú
tampoco sabes lo que yo he llorado.
Y
se marchó. En ese momento me sentí como una mierda, una gilipollas que creía
que solo yo lloré por él, que solo yo estuve mal por él, sólo yo, yo y yo. No
me di cuenta de lo mal que lo pasó Mateo.
Me
tumbé y me quedé mirando al cielo por si él me veía en alguna parte.
Ante
mi concentración intentando buscar la mirada de Hugo por alguna estrella, una
voz me sobresaltó. Lo más raro es que esa voz me era familiar, la misma voz que
escuché mil veces bajo mi ventana, por teléfono, la misma voz de Hugo. Me giré
para comprobar si me estaba volviendo loca o no.